Un macabro grito oscuro
se oyó en la aguda
llanura.
¿Qué fue aquello que
sonó?
¿Qué fue aquello que
retumba?
Ella corrió fugazmente
hasta el cerro de la duda
y encontró su cuerpo
abierto,
desde el cuello a la
cintura.
Con sus manos intentó
tapar la macabra apertura,
al tiempo que gritaba:
«¡Necesito alguna
ayuda!»
Con la voz entrecortada
y el alma moribunda,
él le comunicó
brevemente
lo acontecido en La
Laguna:
«Me han matado, amor mio,
por hacer mi vida tuya.»
Y con estas dulces
palabras
él volvió a su eterna
cuna
donde durmió serenamente
después de tanta tortura.
Ya camina el triste
entierro
por una calle nocturna.
Ya colocan el frío cuerpo
en su amarga sepultura.
Esperanza desesperanzada,
tristeza inoportuna.
Él yacía muerto
bajo el lecho de su tumba.
Ella, con su ramo de
flores,
sentada sola en la
penumbra,
recordaba sus últimas
palabras
con sobrecogedora ternura.
Lágrimas de espanto
alteraban su blanca
hermosura,
y del negro cielo caían
cristales tirados por la
luna.
Él yacía muerto bajo el
lecho de su tumba
y ella, con el alma
destrozada,
lloraba su eterna
sepultura.